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La “Economía de Impacto”. Una estrategia sostenible para el desarrollo.

Una de las regiones del mundo que más interés ha generado entre los historiadores económicos, por la dificultad para entenderla y comprender su performance, es América Latina.  Esta región, que de acuerdo a algunas estimaciones poseía un PIB per capita promedio similar al de los Estados Unidos a principios del siglo diecinueve, hoy representa menos de una quinta parte de éste.

Esta historia de casi dos siglos de divergencia, contrariamente a lo que predice la teoría de crecimiento económico, se ha caracterizado por períodos de expansión seguidos de períodos de profunda crisis –que implicaron en muchos casos la pérdida de lo avanzado hasta ese momento.  Si bien ha habido causas externas, como las grandes crisis generadas por las guerras mundiales o las crisis económicas globales como la de 1930 o la reciente de 2009, gran parte de la explicación de qué le sucedió a la región se debe a factores locales –ya que las crisis globales impactaron en todas las regiones y países por igual.

Una de las causas que puede explicar esta ‘cuesta abajo en su rodada’, como diría el tango, tiene que ver con las confrontaciones radicales en materia de estrategias de desarrollo y política económica, que se alejaron indefectiblemente de la búsqueda del consenso hacia un capitalismo eficiente y sostenible. Como resultado, hemos experimentado intentos por establecer una economía de mercado y un capitalismo que en muchos casos no generó mejoras de productividad, competitividad y eficiencia sino mayor concentración e inequidad; y que motivaron, como contrapartida, intentos por establecer una economía dirigida por el estado y con alta regulación que en muchos casos no logró mejoras en la distribución y en el desarrollo humano sino mayor ineficiencia, bajo crecimiento y el aislamiento de la economía global.  Lo que si queda claro, es que ninguno de estos intentos extremos ha llevado a incrementos de productividad importantes que permitieran alcanzar mejoras relativas en el nivel de vida y reducir el gap o brecha con los países más ricos.  Tampoco, ninguna de estas estrategias ha llevado a reducir la inequidad, ya que América Latina sigue siendo la región más desigual del planeta.

La pregunta que surge entonces es: ¿existe una salida para nuestra región? ¿o estamos condenados a sufrir los ciclos de capitalismo desigual o populismo ineficiente, en sus distintas variantes y características? La respuesta hay que encontrarla en el desarrollo de lo que hoy se conoce como ‘Economía de Impacto’, concepto desarrollado por el profesor Maximilian Martin de la Universidad de St Gallen en Suiza, y hoy cada vez más difundido en los ámbitos de negocios y empresas y apoyado fuertemente por la academia, la filantropía global, la organizaciones sin fines de lucro y los organismos multilaterales.

Como sostiene Stuart Hart en su libro “Capitalism at the Crossroads”, a nivel global el capitalismo enfrenta hoy una encrucijada similar a la experimentada un siglo atrás cuando finalizó la primera fase de globalización: sin un cambio de rumbo la economía global, el libre comercio y las empresas multinacionales enfrentan un panorama sombrío. Si no se abordan los principales desafíos, como ser el deterioro ambiental, la pobreza masiva, el terrorismo internacional y el colapso financiero, entonces se podría producir una catástrofe mayor que la experimentada en la primera mitad del siglo veinte.

Según Hart, el desafío más importante de nuestro tiempo es transformar millones de ciudades, pueblos y aldeas del mundo de trampas de pobreza en declive a comunidades dinámicas ricas en oportunidades. Al crear una nueva forma más inclusiva de capitalismo, una que incorpore las preocupaciones, intereses y voces de aquellos previamente excluidos, el sector empresario puede convertirse en el catalizador de una forma verdaderamente sostenible de desarrollo global. Para tener éxito, se necesita de un empresariado sostenible que represente el potencial de un nuevo enfoque del desarrollo basado en el sector privado que cree negocios rentables pero que simultáneamente aumente el nivel de vida de los más pobres, respete la diversidad cultural, inspire a sus empleados, construya comunidades y conserve la integridad ecológica del planeta para futuras generaciones.

La ‘economía de impacto’ justamente enfatiza la relación estrecha que existe entre la competitividad nacional, el impacto social y los beneficios ambientales, en un momento en el que los países están ansiosos por buscar nuevos enfoques para crear empleo y recuperar el crecimiento.  El actor clave, aunque no el único, de esta nueva economía es la llamada empresa social, híbrida o for-benefit enterprise, que es capaz de crear empleos de calidad, promover el crecimiento económico, contribuir a la base impositiva, generar nuevos recursos para el sector sin fines de lucro, y abordar un amplio rango de problemas ambientales y sociales que de otra manera quedarían únicamente sobre las espaldas de los gobiernos u ONGs. Es decir, la empresa social promueve la creación de valor económico, social y ambiental.

Maximilian Martin, un pionero en este campo, destaca que la ‘economía de impacto’ transformará a los negocios, la sociedad civil y al sector público, y de hecho esto ya está sucediendo cuando se observa un fuerte desarrollo del mercado de inversión social.  Martin estima un mercado de capital social de varios billones de dólares, con empresas que buscan un compromiso auténtico y no sólo una RSE con fines de relaciones públicas, y con capital de riesgo privado que está financiando la producción de bienes públicos.

Para el desarrollo de la ‘economía de impacto’ también son necesarios otros actores, además de las empresas. Por un lado, se requiere de consumidores que sean cada vez más socialmente responsables, consumiendo productos que promuevan la sostenibilidad. Asimismo, es necesario que el estado adopte también un enfoque nacional más integrador y coherente para promover el sector de empresas e inversión social.

En el caso de América Latina, la vía de un capitalismo socialmente sostenible parece ser la única alternativa a la disyuntiva planteada históricamente respecto a su desarrollo económico. Por ello, este nuevo capitalismo que está surgiendo a nivel global es clave para el desarrollo de nuestra región, ya que permite alcanzar una economía más eficiente desde el punto de vista económico y social, basado en las decisiones económicas de sus empresas que buscan la maximización del bienestar, y no estrictamente de las ganancias, con el fin de crear valor para sus comunidades. Una situación de ‘ganar-ganar’, que puede traer como consecuencia una mayor estabilidad tanto política como en las estrategias de desarrollo. Esperamos que nuestros líderes, tanto empresarios como políticos, también sean capaces de comprenderlo, para bien de nuestra región.

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